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En mi paso por esta vida, he tenido grandes amigos y uno de ellos sin duda alguna fué y sigue siendo el abuelo Mcrow.
Él también era veracruzano. Aunque supongo que era la versión descafeinada del estereotipo común.
Venía de una familia trabajadora de clase media, conformada por sus padres y hermana. El bisabuelo Mcrow, a quien no tuve la oportunidad de conocer, se divorció de mi bisabuela y tiempo después se fue a vivir a México. En sus últimos años de vida, mi bisabuelo descubrió que el quería hacer realidad el mentado proverbio de que “a la prima se le arrima” y así sin más, se le arrimó a la suya para casarse de nuevo.
Mi abuelo a los dieciocho años se fue a vivir a México para comenzar a forjar la que sería su carrera política por este país.
Se enamoró en algún momento de una muchacha a la que años más tarde recordaría como una señorita hermosísima. La realidad, es que esta mujer no pensaría lo mismo y se casaría con otro.
He tratado muchas veces de imaginar la tristeza que pudo haber sentido. Porque aunque todos los que lo conocimos, podemos pensar que era muchas cosas; nadie lo recordamos como un hombre propenso a sentimentalismos. O eso es lo que cree la mayoría. Yo se que en su interior, fue un hombre que albergó grandes pasiones y estoy seguro que este hecho fue un parte aguas en su vida.
¿Cómo lo se? El simple hecho de que no se casó después, es más que suficiente para indicarnos que realmente estaba enamorado de esta muchacha.
Luego de algunos años, esa hermosa señorita enviudó y se quedó sola con una hija de doce años. Mi abuelo que además de todo era un hombre extremadamente inteligente, vió la oportunidad de, por ponerlo en términos futbolísticos, rematar de cabeza dentro del área y se casó con ella. Esa referida hermosa chica (que parece entonces ya tenía algunos añitos), tendría más tarde el invaluable honor de ser mi abuela.
Como fruto de ese matrimonio, llegaron dos hijos más. Mi tía Manzana y mi Papá.
Como era de esperarse en un matrimonio, en el que estoy seguro que mi abuela se casó con él por rebote y porque seguramente era muy difícil para una mujer quedarse sola a finales de los cuarenta; el matrimonio nunca funcionó muy bien y terminaron separándose, pero nunca se divorciaron. Mi abuelo más tarde me diría que no lo hizo porque su religión se lo prohibía.
Eso es como si yo de pronto les dijera, que ya no voy a escribir este blog porque tengo que continuar con mi carrera de físico nuclear. Otra muestra contundente de que mi abuelo, si era un hombre propenso a sentimentalismos. Si amó y amó en serio y que cuando una idea se le metía en la cabeza era capaz de llevársela a la tumba.
Una característica que aún llevamos pirograbada en nuestra cadena de ADN.
Para mi, desde que tengo uso de razón, mi abuelo vivió con nosotros.
Lo recuerdo de muy niño siempre yéndose a trabajar impecablemente vestido, sin la más mínima mancha o hilito descocido; los zapatos perfectamente boleados y en su carro que, aunque cayera la peor tromba de la historia, siempre estaba limpio hasta por abajo. Supongo que era el único carro que no era feo por abajo.
De igual manera como era él, era su cuarto. Nunca en la vida he vuelto a ver más orden y pulcritud en nada ni en nadie. Tal vez en el Palacio de Versalles en París pero nada más.
Mi abuelo era el ser más afable y tranquilo como yo lo recuerdo. Siempre preocupado por los grandes temas del país y por su familia. Siempre tenía tiempo a pesar de su ocupada agenda, de dedicarse a sus nietos. De llevarnos y de traernos, de comprarnos la baratija que se nos antojara y sobretodo de escuchar cualquier cosa que le quisiéramos decir. Imagino que en aquel entonces con el cargo que tenía en el Gobierno del Estado, debería tener muchas cosas que hacer, pero francamente no lo recuerdo corriendo ni ocupado para nosotros.
Nunca fue un hombre propenso al ahorro y pienso que siempre traía encima todo su dinero. Yo creo que llegaba al banco y pedía que le dieran todo en los billetes más nuevos y bonitos que tuvieran, los ordenaba minuciosamente y sujetaba todo el fajo con un impresionante broche de oro con su nombre grabado en un escudo que lo remataba. Años más tarde recuerdo estar subiendo a un camión con él y cuando sacaba ese fajo de billetes, sujetados majestuosamente por ese broche, normalmente era presa de más de una mirada. Tal vez pensaban que aquel viejito con tal porte y personalidad debía de ser millonario y solo se había subido a un camión por una mera excentricidad.
Lo que más le gustaba a mi abuelo era conversar. Ejercía ese cada vez más escaso hábito, con la maestría de un buen político. Abordaba los distintos temas de una manera profunda y amable, que seducía a sus interlocutores las dos o tres o cuatro horas que durara la plática.
Una vez caminando con él, encontró a un señor a su paso y comenzaron a hablar. Yo… un impaciente niño de unos nueve años, desde luego mi mente estaba en otro lugar y quería llegar a la plaza a la que íbamos a comer helado y a jugar en las maquinitas. No le importó eso al abuelo Mcrow, para quedarse ¡tres horas!, hablando con aquel señor.
Cuando por fin terminó y nos fuimos de ahí le pregunté: ¿De donde conoces a ese señor abuelo? De ningún lado, es la primera vez que nos vemos.
¡Se acababan de conocer a media calle!, ¡tres horas hablaron de economía, política, mujeres, carros, vinos, historia, medicina y sólo Dios sabe que otras cosas!
Como dije, mi abuelo en el arte de la conversación, era algo así como un Miguel Ángel para la escultura. ¡Que solo te hubieras sentido abuelo en estos años, en los que solo platicamos por texto o por nuestros teléfonos celulares!
Cuando mi abuelo se retiro de la vida “pública” y nosotros por esos extraños azares del destino, vivíamos en Guadalajara; el pasaba seis meses en Monterrey y seis meses en Guadalajara con nosotros.
En Monterrey vivía siempre en un hotel. Nada raro para un hombre que vivió veinte años en uno cuando estuvo en la ciudad de México. Eso puede darles una buena idea de la personalidad frugal de mi abuelo.
Recuerdo que para mí, los mejores seis meses del año, eran los que mi abuelo pasaba con nosotros. Estoy seguro también que en esos años, fue cuando nuestra amistad se fortaleció. A mi abuelo le debo ese inconmensurable amor que le tengo al cine, ya que era nuestro pasatiempo, además de ir a jugar a las maquinitas, donde estoy seguro que él ejerció siempre su paciencia mientras yo pasaba horas y horas ahí.
Cuando ya teníamos un rato jugando me decía: Ahora vamos por helado y nos sentamos en una banquita. ¿Y eso para que? Pues para ver a las muchachas que pasan.
Le gustaban las mujeres al abuelo, que no haya duda en eso. Además, no tenía el menor reparo en decírselo a la que vendía los helados, a la mesera, a la de la taquilla del cine o a la que le gustará. Siempre volteaba y me decía delante de la afortunada hembra del día. ¿Habías visto una muchacha más linda que ella?
Y mientras la muchacha se mordía el rebozo y miraba al cielo como María Felix en Tizoc, yo me escondía debajo de la primera mesa que encontrara. Hay que recordar que yo solo era un niño y para mí en aquel entonces, las mujeres eran seres enigmáticos de los que yo no sabía gran cosa. Creo que todavía es así, pero el punto es que mi abuelo era un Casanova.
Creo que como lo veían viejito las chavas, creían que nos les iba a hacer nada. Pero yo creo que si se descuidaban tantito…
Lo que la vida le hizo a este caballero no tiene nombre. Ya de regreso y viviendo en Monterrey, mi abuelo poco a poco empezó a olvidar todo lo que había sido y hecho.
Empezó con cosas normales como ¿Qué día es hoy? ¿En que año estamos? Y ¿Cómo se llama esta calle?
Después a cosas más graves como cuando tomaba un tenedor y decía ¿para qué es esto? ¿Quién eres tú? y ¿De quien eres hijo?
El abuelo Mcrow digamos que no murió en un día. Se fue muriendo poco a poco a lo largo de algunos años. Lentamente entro en un sueño cada vez más profundo hasta que olvidó todo.
Lo recuerdo sentado en su mecedora de la entrada, fumando uno o dos cigarros a la vez y aunque no sabía quienes éramos, siempre nos saludaba con mucha cordialidad y nos sonreía como siempre lo hizo. Siento mucho que así sea como lo conoció la Generala. ¿Cómo no lo conoció en aquellos años cuando correteaba con la Crayola sobre el filo de la banqueta y cuando conversaba de todo y con todos?
Murió un cinco de abril hace once años. La última vez que lo ví estaba en una cama apartado de todo y de todos. Su ojo izquierdo, había perdido una dura batalla contra una infección. Era solo cuestión de tiempo. Le di un beso en la frente, le di las gracias por todo lo que había hecho por mí y me fui a un viaje que tenía a Acapulco.
Regresé al medio día una semana después y murió a la mañana siguiente.
Es increíble que pasen los años y yo aún no supero su partida. En los momentos más difíciles de mi vida, siempre su figura surge de algún lado y me cobija compasiva. Ya sea a través de un sueño o un recuerdo. No lo busco, el siempre llega, como me ha llegado en este preciso momento a través de unas inoportunas lágrimas al recordar todo esto.
Donde quiera que esté, el abuelo Mcrow es el modelo que yo he decidido seguir. El vive a través de mí y de todo el amor que sembró en los que lo conocimos.
Ahora que estamos a punto de celebrar el Bicentenario en México y que muchos de esos que suelen tirarse al piso, ahora dicen que no debemos celebrar. ¿Porqué celebrar si el país está en medio de un caos total? Que mejor no celebremos ni demos el grito, que ahora callemos en señal de indignación.
A todos esos aguafiestas yo les pregunto: Si ustedes (Dios no lo quiera), tuvieran un cáncer terminal y estuvieran a punto de morir… ¿celebrarían su cumpleaños? ¡Pues claro que si! ¿Entonces por que caraxos no hemos de celebrar el cumpleaños número doscientos de este país? Con esto no me refiero que tenga el país una enfermedad terminal, pero aceptemos que estamos en terapia intensiva. No habría nada más antinatura para nosotros los mexicles, que dejar de celebrar cualquier fiesta con ese parrandero espíritu que nos cargamos. Ahí los dejo con su amargor para que lo piensen.
En este inhóspito y virginal blog, ahora hablaré de otro bicentenario.
Este, no se llama así porque se celebren doscientos años, sino que se celebran dos centenarios y de ahí el nombre. Aunque pensándolo bien, en total si son doscientos años.
Este 2010, también se celebra el natalicio de mis dos abuelos, tanto el padre de mi mamá: Pancho Pistolas. Como el padre de mi papá: El Abuelo Mcrow.
Estas dos figuras que marcaron mi vida de formas muy diferentes y en algunos casos muy similares, cumplen cien años de haber llegado a este mundo y aunque hace tiempo que ya no están en él, están tan presentes hoy como lo estuvieron en vida.
Mi abuelo Pancho Pistolas era el veracruzano promedio, alegre y dicharachero. Dentista de profesión y bohemio por afición.
Era un hombre que disfrutaba de la comida en todas sus modalidades, de la que nunca se privaba.
Lo recuerdo levantándose a las seis de la mañana para tomarse su café, hacer el desayuno, bañarse, arreglarse y estar listo para cualquier cosa. Venía de una época que hasta para ir al mercado se ponían saco y corbata; siempre enfundado en su sombrero y siempre puesto para ir a donde fuera.
Como nació en plena Revolución, me imagino que por eso siempre tuvo pistola. Mi mamá me cuenta que la tenía cargada sobre el buró cuando ella era niña, aunque con los nietos ya se nos domesticó y por lo menos la guardaba. Pero eso si, a la menor provocación… disparaba. Algo sumamente peligroso porque la verdad es que Panchito no tenía muy buena puntería.
Cuando lo evoco en mi memoria, siempre lo recuerdo masticando. Nunca me han querido decir nada, pero sospecho que mi abuelo era rumiante. A lo mejor tuvo un antepasado que era conejo o ardilla. ¡Como comía Panchito!
Cuando ya tenía casi ochenta años, podía cenar como cualquier adolescente e irse a dormir tan tranquilo como si no le debiera a nadie. Algunos le velábamos el sueño para ver a que hora daba el último respiro, pero nunca pudo la comida contra el abuelo.
Era un hombre que reía a la menor provocación y no paraba hasta que le dolía el estómago. Me dicen que antes tenía un humor más agridulce. No me consta, yo solo puedo hablar por lo que ví y conmigo nos tirábamos unas carcajadas que de sólo acordarme no puedo evitar sonreír.
Recuerdo que los sábados en la noche nos poníamos a ver el box, cosa que era un espectáculo con Panchito; porque tiraba jabs y uppercuts a la menor provocación, desde luego aderezadas con los gritos de: ¡Ah que pendejo eres! contra el púgil de su preferencia. Desde entonces no volví a ver el box. No es un deporte que me guste y sin embargo disfrutaba verlo con el abuelo. Supongo que son de esos momentos que si uno pudiera pagar por volver a estar ahí, daría la cantidad que fuera.
Durante años, Panchito fue el pilar que mantuvo a la familia unida entorno a él. Cada cumpleaños nos reuníamos todos a celebrarlo con bombo y platillo. Esto bajo el eslogan de: No vaya a ser el último. El caso es que quince años festejamos a Panchito muy a gusto en la infaltable cita del seis de agosto.
Ahora que hago esta reflexión de Pancho Pistolas, me doy cuenta que seguro el sembró inopinadamente en mi, la semilla del gusto por escribir.
Disfrutaba contar sus historias, de las que tenía una para cada ocasión. Esto es lo que más me gustaba él. Creo que fui el único de la familia que nunca se cansó de escucharlas una y otra vez. Además tenía una manera de contarlas que harían temblar a cualquier novelista.
Creo que desde la primaria, cuando mi abuelo tuvo que desarrollar una monografía sobre Argentina, descubrió su talento para este inexplicable oficio. Toda la vida estuvo orgulloso de su monografía, misma que estuvo a punto de ir a dar a la basura cuando murió. De no haber sido por las heroicas manos de quien esto escribe, que la salvaron de las garras de mi madre y la bioloca, quien sin el menor pudor, iban a desechar la Monografía de Argentina que mi abuelo guardó toda su vida. Ahora yo soy el custodio de tan magna obra que de portada lleva la bandera de aquel país, pintada con lápices de colores por el propio Panchito cuando era un niño que correteaba por Orizaba.
Sin embargo, soy custodio también, del manuscrito de algunas de sus anécdotas, que incluso fueron publicadas y ganaron un premio. Ahora que lo pienso, el abuelo y yo somos los únicos escribas de esta familia. Aunque la obra de él más pequeña en cuanto a volumen, mucho más rica en premiaciones hasta ahora.
Podría yo seguir escribiendo sobre la vida y obra de Pancho Pistolas; sobre sus dichos y sus versos que hoy se han vuelto parte de la jerga de la familia. Sobre sus anécdotas y sus amigos, sobre su profesión como dentista, de la que gracias a Dios nunca me ví “beneficiado”, porque dicen que Panchito tenía la mano pesada para eso de extraer muelas. Podría yo hablar de sus legendarios huevos revueltos con frijoles. Pero la verdad es que necesitaría muchos blogs para poder darte una idea querido lector, de este hombre que marcó mi vida y al que hoy, a más de una década de su partida, aún extraño.
Su vida, su paso por este mundo y todo lo que nos dejó, eso… hay que celebrarlo en este centenario.
Aunque los escasos lectores de este virginal blog no lo crean, su seguro servidor y su escritura, se encuentran influenciados. Pero eso no tiene nada de relevante, ya que todo el mundo está influenciado.
Este blog y estos escritos que semana a semana les hago llegar con todo mi cariño, tienen dos poderosas influencias que hasta ahora identifico y no me molesta admitir que su pluma y sus pensamientos me han tocado profundamente.
Por ahora hablaré solamente de uno de ellos y ese sin lugar a dudas es José Saramago.
Desde luego no es la intención de este pobre aprendiz de escritor, compararse en ningún sentido con el hijo pródigo de Portugal. Ya que me encuentro a años luz de distancia de su pluma y de su prosa, de su imaginación y su sustancia y de su magistral sentido de protesta y lucha a través de la palabra.
Desde luego, el que admire a Saramago, no quiere decir que siempre piense como él, ni que opine las mismas cosas sobre algunos asuntos a la par del escritor. Sin embargo, uno no tiene que pensar igual que otro hombre para admirar su grandeza.
Ese es mi caso con el maestro Saramago.
Me hubiese gustado tener con él una larga conversación a través de la escritura.
Mucho gusto Don José, soy Mcrow. Que clase de nombre es ese. ¿Me lo dice o me lo pregunta? Nunca lo sabrás, porqué la duda. Como no puso los signos de interrogación lo dudaba. Que no sabes que nunca los uso. En eso tiene razón señor, lo había olvidado. Usted es muy conocido por su particular forma de escritura. A algunos les gusta y a algunos no, sólo hay que leerlo en voz alta. A mi me gusta mucho la manera en la que escribe, sobretodo esto de poner los diálogos de corrido, siento que me acomoda muy bien. Supongo que no ocurre lo mismo con los signos de interrogación. ¡Correcto! Esa parte a mi no me va. Yo prefiero ponerlos para que la gente entienda el concepto. Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal. ¿Y eso que tiene que ver? Lo mismo que tus signos de interrogación… nada. Bueno Don José, a pesar de ser su admirador, la cuestión de la puntuación no es la única en la que diferimos. Ah no… en que más mi joven amigo. ¿Me preguntó? Si… esta vez puedes estar seguro de que te pregunté. Yo por ejemplo no soy comunista como usted. Yo sólo soy un comunista hormonal. Entonces yo soy capitalista hormonal también y prefiero la democracia. El poder real es económico, entonces no tiene sentido hablar de democracia. Que profundo. Eso depende. ¿Depende de que? Bueno pues depende de muchas cosas que no vamos a profundizar ahora. Otro tema en el que difiero es que yo soy un optimista y usted definitivamente está del otro lado del péndulo. Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay. ¿Eso quiere decir que yo no quiero cambiar al mundo? Piénsalo, Sí, soy pesimista, pero yo no tengo la culpa de que la realidad sea la que es. No estoy de acuerdo. No tienes que estarlo, Disentir es uno de los derechos que le faltan a la Declaración de los Derechos Humanos. En eso si estoy de acuerdo con usted. Me gustaría escribir un libro feliz; yo tengo todos los elementos para ser un hombre feliz; pero sencillamente no puedo. Sin embargo hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso. A mi también me hace feliz decir lo que pienso Don José, además me agrada mucho que respete mi opinión. He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro. No lo había pensado así pero supongo que tiene razón. Un punto en el que quizás estoy más de acuerdo con usted es en el de Dios. ¿Qué Dios? ¡Aja!... puso signos de interrogación. Los puse mi joven amigo sólo para que dejes de cuestionarme a cada comentario si pregunté o no, no lo haré más. Hablábamos de Dios. Si me conoces como dices, sabes que soy ateo. Si lo se, y digamos que yo soy creyente hormonal así como usted es comunista hormonal. No creo en dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy buena persona. ¿Pero su tema es con Dios o con la religión?, digamos… ¿la iglesia? No me hagas empezar con la iglesia, creo que es momento de terminar. Don José, lo vamos a extrañar. Como aprendiz de escritor lo voy a echar de menos, porqué a mi me pasa lo mismo que usted dijo una vez. Que dije, te robarás una frase más de mi. Si, pero esta la pongo en mi boca no en la suya. Usted dijo que no escribía para agradar o para desagradar, sino para desasosegar. Pues esa frase me quedó muy bonita. Lo mismo pensé y a mi me pasa igual. Entonces sigue escribiendo. ¿Y ahora que se murió que va a hacer? La muerte es un proceso natural, casi inconsciente. Entraré en la nada y me disolveré en ella. Se disolverá solo su cuerpo Don José, porque su prosa, sus libros y sus personajes, vivirán siempre.
Así imagino mi charla con Saramago. Agradezco la generosa colaboración de Don José para la escritura de esta entrada. Uno no tiene a un Nobel todos los días para ayudarle a escribir.
Querido lector: No eres tú… soy yo.
No creas que mi falta de escritura es porque tengo algo contigo. No hay tal.
Las cosas han pasado tantas y tan rápido, que es difícil encontrar un pedacito de soledad y tranquilidad para escribir de todo lo que te quiero contar.
Para empezar, estoy en deuda con Don José Saramago; que Dios lo tenga en su santa gloria (así decía mi abuelo). Aunque a Don Pepito, eso de Dios y sus misterios, nada más como que no le iba.
Así que para estar más a tono con el Nobel: Que el ateismo lo tenga donde lo deba de tener.
Desde su irreparable pérdida, pensé en dedicarle una entrada en este blog. Aunque a él probablemente le provoque otra instantánea muerte; quien esto te escribe, siente que se lo debe.
Después, tuvimos el huracán tremendo que nos pegó en Monterrey. La ciudad se colapsó junto con nuestra rutina. Apenas estamos despertando con la resaca que nos dejó el insufrible Alejandro. Porque después de lo que nos hizo, que le llame Alex la autora de sus días. O en un lenguaje más coloquial: Mejor que le llame “Alex” su pinche madre.
Dediqué la mañana de un sábado a ir a ayudar como voluntario a mandar víveres para los damnificados de la misma ciudad. Tengo que decir que me impresionó la cantidad de ayuda y de manos que nos presentamos a trabajar por esta noble causa.
Impresionado estoy también, por la falta de ayuda que ha habido de otros estados. Debo decir que estoy un poco dolido, de ver como los regios se apuntan para ayudar a otras ciudades de México que caen en desgracia y hasta a otros países y lo poco que le ha retribuido eso con sus compatriotas.
No importa. La verdad es que cuando uno ayuda, no debe pensar en como le van a devolver a uno el favor. Seguramente esta ciudad y sus habitantes, seguirán ayudando cuando la situación lo demande en otros lugares.
Para los que me leen y no son de Monterrey, les digo que ya se les está haciendo tarde para mandar lo que sea. Comida enlatada, agua embotellada, artículos de higiene personal, ropa, medicinas y lo más básico para ayudar a la gente que lo perdió todo.
Vayan ya a sus centros de acopio y manden.
Luego el siempre presente tema del mundial, que para beneplácito de la Generala ya terminó. Estuve (y aún estoy) feliz por los españoles y su selección, que hicieron historia en Sudáfrica. Creo que la historia siempre se encarga de poner las cosas en su lugar y hoy ya pertenecen a ese selecto grupo, en el cual espero ver a México algún día, aunque ya sea viejito.
Atrás quedaron las vuvuzelas, Shakira y su Waka-Waka, la agradable gente de Sudáfrica, las grandes figuras que nunca figuraron y el polémico Jabulani del que todos dijeron que una pelota de playa, tenía más contundencia en los tiros.
Luego nos lanzamos a San Antonio Texas, con mis amigos los Vacunos. Quienes llegaron a tierras regias con la tarjeta de crédito afilada y listos para el “chopin”. Allá fuimos.
Hicimos una breve escala en Sea World, en la cual estuvimos acompañados por un calor, que sólo era comparable imagino, con el rincón más calientito del infierno y nos paseamos bajo un tremendo sol, que parecía tener toda la intención de quemarnos vivos. Con decirte querido lector, que mejor nos lanzamos a ver a los pingüinos, para descansar un poco del aciago clima que nos acompañó.
Luego a la intrépida Generala y mi amigo Vacuno, se les ocurrió subirnos a la Sra. Vacuna y a mi, a una montaña rusa que la verdad creo que estaba mejor el calor.
Ni siquiera alegando la reciente cirugía de mi consorte y la frágil espalda del Vacuno, pudimos disuadirlos de treparnos en ese aparato del demonio con fines de tortura, para las almas impolutas como la nuestra. ¡No hay derecho!
Ya en un plan más relajado, fuimos a ver a los delfines y cuando traté de acariciar uno, me mordió. Malditas criaturas del mal. ¿Qué no se supone que son alegres espíritus de la naturaleza, famosos por su docilidad y pureza?
En honor a la verdad, debo decir que la mordida del acuático mamífero sobre mi mano, fue del todo accidental y que en ningún momento pretendió hacerlo así. Además debo decir también que no me dolió nada ni me hirió.
Si así hubiera sido… me lo hubiera zampado en una tostada con salsa Tabasco y harto limón.
Por si eso fuera poco, los dos días siguientes, los dedicamos a desplumar al heroico centurión de la American Express, en todas y cada una de las tiendas que se nos atravesaron.
Así fuimos y regresamos, bajo la reprobatoria mirada de mi madre y la Crayola, que porque la carretera estaba inundada y llena de tremendos forajidos dispuestos a robarnos nuestras cosas. Como si nos importaran esas minucias, a la hora de largarnos a cualquier lado.
Con tanta cosa querido lector… ¿A dónde querías que metiera algo de tiempo para esta noble tarea de escribir?
Ya llegué, ya escribí y “aistá”.
Por si todo lo que últimamente ha dado por pasarle a la orgullosa Ciudad de las Montañas, no fuera poco; o necesitara otra cosita para sacudir las tribulaciones de sus ciudadanos. Ahora también nos llegó un tremendo huracán, al que la gente encargada de bautizar a estos fenómenos meteorológicos, llamó con el afable nombre de “Alex”.
Sin embargo, en honor a la verdad, lo único amable que tenía este huracán era el nombre.
Esta ciudad representa el motor económico de México, integrada por gente de gran corazón y un espíritu de trabajo encomiable, llamados Regiomontanos. La verdad es que hasta hace unos pocos años, eran muy pocas las amenazas que se cernían sobre la existencia de ellos. Hoy, la cosa es muy diferente para los que vivimos aquí.
Alex nos azotó y nos azotó bien. Para ponerlo en términos futbolísticos, tan de moda en estas épocas mundialistas, digamos que nos goleó seis a cero.
Algo a resaltar de este fenómeno es que, al ser la tercera vez que un huracán nos golpea aquí con esa fuerza, pues la verdad es que el pueblo regiomontano en ese sentido, ya es una cobija muy miada y se la saben de todas todas. Por lo que el costo en vidas fue mínimo. Me hubiera gustado decir que inexistente.
Sin embargo, el costo en nuestras avenidas, colonias, casas y autos fue alto, muy alto. En este momento tenemos mucha gente que se quedó sin casa. Normalmente a los que siempre les sucede lo mismo; esos que no tienen donde vivir y escogen los lugares más peligrosos, mientras que las autoridades se hacen de la vista gorda.
Fue mucha agua la que cayó, que corrió y que arrasó. Nos quitó muchas cosas y nos trajo otras. Entre las cosas que trajo la lluvia fue al Gobernador del Estado, mismo que muchos de nosotros pensábamos que ni teníamos. Ese Gobernador que desde que ganó las elecciones, gracias al voto inexplicable de la mayoría de mis conciudadanos; se había escondido en su casita con su esposa y trillizos, para asomar la cabeza muy de vez en cuando, sólo para ir a inaugurar el torneo de voleybol de la Escuela Primaria Profra. Ernestina Torres Buenrostro o actos de similar importancia.
Siempre será más fácil encarar un huracán y sus terribles consecuencias, que luchar contra la inseguridad y el narcotráfico.
Ahora si, el Sr. Medina anda corriendo de un lado al otro, sale mojadito en la tele, con las gotas escurriéndole por sus cachetitos, con su mirada de “no tengo idea de nada”, tratando de dar ánimos a la población. ¡A buena hora salió este Gobernador de cuarta a dar la cara! No nos confundamos, este estado sigue y seguirá desgobernado, mientras este jovenazo siga ahí.
Una de las cosas que paradójicamente nos ha quitado tanta lluvia, es el agua misma. Es difícil de explicar, pero muchos hogares aquí, no tienen en sus casas. Lo que provoca ver escenas apocalípticas en las calles, de gente con sus cubos, llenándolas en el primer pozito que se encuentren.
La Generala y yo, somos de los afortunados que no nos pasó nada, pero al resto del clan, les afectó muchísimo y aún están viviendo los efectos.
Lo bueno de todo esto, es que una de las cosas que trajo “Alex” a esta honorable ciudad, fue un renovado espíritu de solidaridad entre sus habitantes. Y es que los regiomontanos son buenos para los momentos de la verdad.
Somos víctimas del mismo mal y nos hermanamos en la desdicha; sufrimos de ver nuestra ciudad con esas cicatrices que tardarán mucho en cerrar. Aún así, son sólo cosas materiales, reemplazables todas ellas y eso no detendrá a Monterrey. Una ciudad a la que ni su horrible clima la ha detenido.
Monterrey ha salido de cosas como esta siempre y ahora, no será la excepción. Saldrá airosa, para seguir llevando sobre sus hombros, a este país y para seguir siendo ejemplo de trabajo, entrega y dedicación. Exceptuando al Gobernador.
La pasada entrada futbolera, no me permitió abordar algunos de los temas importantes que han acontecido en las últimas semanas.
El tema del futbol, sigue siendo muy difícil de evadir ante este tan extraño mundial que estamos viviendo. Ahora resulta que tanto Francia como Italia, ya hicieron sus maletas y van de regreso a sus respectivos hogares. ¿Qué tal eso?
En México estamos ansiosos por el juego del domingo, contra la poderosa selección de Argentina.
Hablando de esto, quiero aclarar algunos puntos que tal vez no quedaron claros en la pasada entrada. Desde luego que yo no tengo nada contra Argentina; por el contrario, ese hermoso país y su gente, representan para mi uno de los sitios sin los cuales, America no puede entenderse y quererse. Mi cariño siempre para los argentinos y su tierra. Lo único que establecí, es que Maradona, el actual director técnico de la selección de futbol de ese país y desde luego, uno de los mejores jugadores de futbol que han existido; me cae como patada de mula a las siete de la mañana en los gumaros. Pero sólo él.
Espero que con esta nota aclaratoria, quede zanjado este asunto con mis amigos argentinos.
Dejemos de lado un momento al mundial y a sus inesperados resultados, para abordar temas por demás importantes. Uno de ellos es la definitiva mudanza de mis amigos los Vacunos a esta ciudad de las montañas.
Así es querido lector, mis bovinos amigos, dejan su hogar ubicada en la importante urbe de Celaya, y vienen con todo y triques, a asentarse en esta noble metrópoli, poblada de medio verdes cerros que de lejos se ven azules, cuna de importantes hombres y que el sábado por la tarde siempre huele a carne asada.
Desde luego mi magnánima esposa y su servilleta, así como el clan que conformamos, nos sentimos muy contentos de tenerlos de nuevo tan cerca.
Servicial y obediente como soy, ofrecí mi apoyo al Sr. Vacuno, en la noble misión de encontrar una nueva casa; donde él y la Sra. Vacuna, podrán ser felices para siempre y tener muchas vaquitas y vaquitos.
Así lo llevé y lo traje, a todas las mansiones dignas de la estirpe de un ganado de semejante categoría. Unas le gustaron y otras no; lo importante es que al final se decidió por una. Eso de se decidió es un decir. Porque el Sr. Vacuno al igual que el de la voz, vive sometido en un intenso matriarcado, donde la Sra. Vacuno, es la mamá de los pollitos. Aunque esta última afirmación, ponga de cabeza a los zoólogos.
O para decirlo de otra forma, mi amigo es una víctima más de una dictadura de proporciones catastróficas, como la de Hugo Chavez en Venezuela.
Sobra el decir que yo lo entiendo, porque somos víctimas del mismo mal.
Aunque a él ya le había gustado una casa, todavía necesitaba el visto bueno en original y dos copias, de su Majestad Vacuna I. Así que de inmediato hicimos las gestiones necesarias, para subirla en un avión de primera clase como manda el protocolo. Volarla hasta estas tierras áridas y recibirla con todos los honores que su cargo demanda.
Así, después de toda esta maroma, la Sra. dio su consentimiento para el usufructo de la vivienda y comenzó el arduo trámite de transferir los poderes de Celaya a Monterrey.
El Sr. Vacuno y yo, respiramos aliviados de tener la venia de ella, porque dicho sea de paso, nos acomodamos una buena friega, yendo de aquí para allá, bajo la insoportable temperatura de cuarenta grados a la sombra.
Lo importante es que ya estamos listos para la ceremonia de bienvenida, que habrá de ser buena y habrá de ser larga.
Le doy gracias a la vida por tenerlos cerca de nuevo y por el capítulo en sus vidas que están a punto de iniciar. Estamos tan contentos de tenerlos acá, que la Generala podría romper la ahora irreconocible faja de felicidad.
El otro asunto que quedó pendiente no es tan alegre. Ese es la muerte de José Saramago; que en lo personal me hace sentir la tristeza y el vacío, de cuando se va un grande.
Desgraciadamente el tiempo se nos ha venido encima y el maestro Saramago merece mucho más que las últimas tres líneas, en este virginal e inconquistable blog, que se llama ahora y para siempre La Hora de Mcrow.
Podéis ir en paz.
El tiempo es relativo. Así lo siento ahora porqué la última vez que escribí, me parece tan lejana y pienso que tal vez ya pasaron varios años, aunque en realidad sólo haya sido un par de semanas.
Seguro la primer pregunta de mis tres lectores será: ¿Cómo sigue la Generala de los males que la aquejaban?
Tengo el placer de informarles que se encuentra en franca recuperación total y reintegrada casi en su totalidad, a sus arduas labores diarias. Muy bien por ella, pero mejor por todos los demás. Especialmente este sufrido aprendiz de escritor, que la verdad ya no sabía donde ponerla.
Tengo muchas otras cosas que contar, sin embargo, he de pasar al tema más importante que se gesta actualmente y ese no podía ser otro que el del mundial de futbol.
Me recuerdo hace casi 25 años, cuando este que les escribe, tendría unos ocho años y viví de manera conciente la primera copa del mundo de futbol.
He de confesar a la amable concurrencia que me favorece con su lectura, el hecho de no ser una persona sumamente futbolera. Pero por favor díganme ¿Quién puede resistirse a los seductores arrebatos carnales de un mundial de futbol? Más aún, cuando el país en el que uno nació, forma parte de ese selecto grupo de naciones participantes.
Recuerdo el Mundial de México 86 como si en realidad hubiese sido México 2009. Recuerdo la calurosa recepción de la selección verde amarela a Guadalajara y el controvertido gol que le anularon a España en el partido entre estos dos.
Recuerdo el ascenso de Maradona y su gol donde burló hasta al vendedor de chelas. Por supuesto que también recuerdo su gol con la “mano de Dios”. Desde ese entonces pensé: que bien juega ese gordito, pero que mal me cae.
Recuerdo al extraordinario portero de Bélgica Jean-Marie Pfaff y los suspiros que mi mamá emitía por los rubios rizos de este arquero. También recuerdo que fue el último mundial de Michel Platini.
Recuerdo haber asistido al partido de Brasil contra Argelia y que mi papá me compró unas horrorosas calcetas blancas, con las respectivas banderas, que entonces fueron mi fascinación. También recuerdo conocer a la innombrable selección de Polonia, que creo que todavía ni llegaban, cuando ya se estaban regresando.
Recuerdo las lágrimas en el rostro de los brasileños, cuando fueron eliminados por Francia. El gol que le anularon a México contra Alemania y que nos eliminaron en penales, como normalmente sucede.
Recuerdo el partidazo que fue la final Argentina contra Alemania y la felicidad de que ganaran los primeros. También recuerdo a ese coagulo hepático llamado Neri Pumpido, portero de la selección Argentina y los desaires que hizo a México.
Sin embargo México 86, pasó a la historia como uno de los mejores mundiales incuestionablemente. Creo que en parte lo hizo, porque el mundo se dio cuenta que a pesar de todo, México es uno de los lugares más felices de la tierra y que nadie nos gana para la pachanga y la fiesta. Ni en penales.
Lo más importante (al menos para mí), fue que ahí me enamoré perdidamente de los mundiales de futbol y aunque las Olimpiadas son muy bonitas y mucho más antiguas, el mundial es el mundial.
Sudáfrica, ahora organizador de esta contienda, me recuerda mucho a México en el espíritu de su gente. Tienen muchos problemas como país, tienen una riqueza en recursos naturales y con todo y eso, los ecos del “Apartheid”, aun resuenan en la mente colectiva de este pueblo.
Así las cosas… han demostrado también ser muy buenos para la fiesta y su mundial, que en lo futbolístico deja mucho que desear, no lo hace cuando vemos la calidez y la felicidad de la gente que conforma esta nación multicolor.
Hace dos días, México hizo lo impensable. Ganarle a Francia por un contundente dos a cero, lo cual tiene al país loco de alegría.
Algunos se enojan y dicen que esto es puro pan y circo, que México no está para celebrar, que hay cosas mucho más importantes que esa, ¿Cómo es posible que estemos celebrando la victoria en un juego de pelota cuando tenemos tanta violencia, narcotráfico, malos políticos y temas en el tintero?
A todos esos detractores les digo, que por favor se vayan mucho a freír espárragos y dejen de estar enchinchando la algarabía tan anhelada, de un país que la ha visto tan poco en los últimos tiempos.
Dice un amigo, que el futbol es la cosa más importante de las menos importantes. Por supuesto yo no pienso que sea más trascendental que todos nuestros problemas; pero si veo a mi país feliz, no me importa que el causante sea un juego de futbol.
Porque el futbol podrá ser sólo un juego y el mundial un espectáculo más; pero el hecho de que en México, un partido nos ponga a todos en pausa y nos una contra alguien externo y además nos provoque una alegría colectiva como país. Pienso que es como una inyección antibiótica para todos nuestros males.
Ahora pienso que aunque un empate nos va bien contra el Paisito, la verdad es que deseo que México gane, para quedar en primer lugar de nuestro grupo y que los Charruas arreglen sus añejas diferencias con Argentina en octavos de final; equipo al que no nos queremos topar, hasta que hayamos calentado un poquito más y podamos ganarle con todo y ese técnico payaso que alguna vez fue un gran jugador.