domingo, 24 de octubre de 2010

Prólogo Vacacional

Un hombre está parado frente a un estante del supermercado. Lo que intenta el muy bien parecido caballero, es comprar un bronceador y un bloqueador solar. Tarea difícil en estos tiempos, en los que el abismado consumismo, nos ofrece muchísimas opciones sobre un mismo producto. ¿Qué fue de aquellos años en los que solo existía el Coppertone del diez y el aceite de coco que vendían en la playa, con el que uno quedaba como pollo rostizado después de media hora en el sol? – Piensa nuestro amigo.
El mencionado caballero queda pasmado ante la idea de que los bronceadores prácticamente ya no existen y ahora han quedado completamente sustituidos por los bloqueadores solares. No tiene sentido ir a la playa si uno no se quema un poquito – Piensa otra vez él. Nuestro amigo, famoso por el bonito color “tostao” que agarra cada vez que visita la playa, se rehúsa a la idea de que los bronceadores estén extintos.
Hasta abajo del estante, muy lejos y apartados de sus primos incómodos, se encuentran tres ínfimas botellitas de “Hawaian Tropic” que si son lo que busca nuestro hombre.
Las toma y lee con cuidado las especificaciones. Una de ellas está defectuosa y escurre un poco de su contenido en la palma de su mano. De inmediato el fuerte y agradable aroma del coco, le trae muy reconfortantes recuerdos de su paso por la playa. De su paso por todas las playas con cuya arena se ha llenado los pies. Aunque decide dejar esa botellita por la paz, debido a que está defectuosa, lleva otra igual en su carrito del supermercado.
Para los bloqueadores no hay problema; puesto que el mundo ha decidido ahora mudarse del dorado tostado que te dan los bronceadores, a conservar el pálido color de la oficina, que es más feo que una axila de una lagartija, que te dan los bloqueadores. No tiene problema en encontrar uno y llevarlo.

Este atribulado caballero es el de la pluma (o el de la laptop sería más apropiado decir) y así comienza nuestro viaje hacia la península de Yucatán, donde, la Generala y vuestro querido Capitán, pasaremos seis días en las playas de Cancún.

Pero antes de abordarnos en la aventura de lo desconocido y explorar las exóticas y místicas aguas del Caribe Mexicano; hay una labor más ardua que cumplir: Comprarle un acondicionador a mi consorte.

Tomo el teléfono y le marco. Hay como setecientos diferentes ¿de cual te llevo? Del que sea. ¿Del que sea? No me siento cómodo con esa decisión; estoy seguro que el que compre será el que no debía. Tráeme de la marca “X” (tampoco se trata de hacer publicad gratis a los shampoos en este virginal blog). Muy bien, de ese hay para Liso definido, Rizo Sensual, Quebrado parejo, Brillo espectacular y Opaco misterioso. Para cabello grasoso, para cabello seco, para cabello rebelde, para cabello escaso y para cabello pintado. Pintado de rubio, pintado obscuro, pintado pelirrojo, pintado de cenizo y jaspeado. Hay también para reavivar el frizz (desde luego yo ignoro que carajos es el frizz) y para matar al fritz también. Busca uno para Rizos definidos. Es del único que no hay. Tráeme el que sea y ya me voy por que me estoy bañando. ¡Me lleva!...
Reporto que el que compré, fue del total agrado de mi esposa y todo bien.

Ya empacamos los trajes de baño. Mi compañera se niega a usar bikini (Mujeres), yo le digo que se ve muy bien pero ella no me hace caso. Ya llevamos las chanclas y los extintos bronceadores. Ya tenemos nuestros boletos de avión y lo necesario para el hotel. La cámara ya tiene la pila llena y el Joey ya tiene nana, que será ni más ni menos que mi querida cuñada “La Coronela”. Estoy listo para pasar unas tranquilas vacaciones, donde no pienso hacer nada que no sea, meterme a la alberca, nadar en el mar, tomarme unos buenos mojitos, leer mucho, escribir mucho, apagar el celular, clausurar la televisión, comer bien, volverme a meter a la alberca (dos horas después por lo menos), asolearme, comprar alguna chuchería, visitar alguna zona arqueológica maya de esas que abundan por allá, tal vez algún recorrido turístico y volver a empezar.
¿Me acompañan? No los puedo llevar a todos, pero prometo llevarlos a través de mis pensamientos materializados en palabras para este mosqueado blog.
Nos vamos a divertir; agarren su toalla y bronceador y vengan con la Generala y conmigo a este hermoso recorrido repleto de cavilación y autocontemplación.
No nos tardamos.

domingo, 17 de octubre de 2010

De Paseo

Voy volando de regreso a mi casita, después de dos largos días en mi otra casa que es la siempre hospitalaria ciudad de Celaya.
Creo que no te lo he dicho nunca querido lector, pero debes saber que yo viví en esta urbe del estado de Guanajuato. ¿Por qué? Eso no tiene la menor importancia.
Sirva decir que conozco esta ciudad como la palma de mi mano y que cuando llego a ella, a pesar de que esté bastante alejada de la mano de Dios, siento que llego a mi segunda casa.
Tal vez algún celayense de esos muy dignos que me pueda leer, pensara refrescármela en varias ocasiones por lo que acabo de decir de su ciudad; sin embargo, se que muy dentro de su corazón, sabrá que tengo razón.
Celaya ha sido una ciudad célebre por su historia, sus batallas y los héroes que por ahí pasaron. Tan celebre ha sido que a veces pareciera que han decidido mantenerla en las mismas condiciones.
Pero eso no es lo importante, ya que como dirían las grandes empresas: Lo más importante es su gente. Me puedo jactar que en mi paso por esta ciudad, he tenido el privilegio de cosechar grandes amigos y dejar que ellos me cosecharan a mí también.
Por eso, siempre será para mi un gusto llegar a esta “Puerta del Bajío”.
¡Pero nunca levantándome a las cuatro de la mañana!

Las cuatro de la mañana es una hora tan fastidiosa y molesta, que debería de quedar anulada de todos los relojes. Se me ocurre que directamente de las tres a las cinco de la mañana, fuese decretado un tiempo de penumbra, que por su fatalidad, ni siquiera debería de nombrarse.
Pues a esa infausta hora, este querido bohemio, se paró y por motivos que sólo puedo atribuírselos a las artes obscuras, logré introducir mi bien formado y trabajado cuerpo a la regadera. Ni siquiera la tibia agua que caía en esa muy fresca mañana de octubre, me alegró lo suficiente, para hacerme a la idea de partir en mi viaje de trabajo.
A todo esto habría que agregar el martirio de hacer esto en lunes por la mañana. ¡No es de Dios!
Pues así en calidad de zombie envidiado hasta por el mismísimo George E. Romero, abordé el taxi y llegué a la bonita y nueva de paquete, terminal B del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de Monterrey. ¡Oye que bonita terminal! De verdad que no tenemos nada que pedirle a ninguna otra del mundo. Así subí las escaleras, pasé unas salas muy hermosas, llenas de gente más hermosa aún, que esperaban con cara de tlacoyo su avión. Entonces empecé a notar que mi sala estaba más lejos y más lejos. Terminó el pasillo y me bajaron por unas escaleras eléctricas a unas salas no tan bonitas, llena de gente menos bonita que la de arriba, de donde supongo salen los vuelos a los destinos no tan bonitos, como es el ya comentado caso de Celaya.
Eso si… la gente en punto de las seis de la mañana también con su cara de tlacoyo igual que los de arriba.

Después de que nos introdujeron por un lugar horrible que me recordó a Auschwitz, nos treparon en el minúsculo avión de Aeroméxico Connect, en el cual un azteca promedio va muy cómodo, pero yo con mi nórdico metro ochenta, tengo que ladear la cabeza para no darme un mulazo contra el techo. Los asientos para mi son un martirio chino, quedo tan empotradito en ellos, que juro que no es necesario el cinturón de seguridad. Ni el más violento de los accidentes aéreos, sería capaz de sacarme de ahí.

Con estos contratiempos y mucho… mucho sueño, la emprendí hacia el aeropuerto de Querétaro. Lo único que me sacó de mis profundas meditaciones a ojos cerrados, fue el golpe del tren de aterrizaje con el concreto de la pista.

Mis cosas de trabajo en Celaya salieron muy bien. La cena en el Caserío me salió mejor. Al día siguiente nos llevaron al pueblo más hermoso de México que no es otro que San Miguel de Allende. O en tiempos de Allende… San Miguel el Grande. Allá fuimos.

A San Miguel de Allende se llega de Celaya, por una carreterita que por esas cosas del destino, la están remodelando. Yo pensé que el trayecto iba a estar horrible, pero estuvo espantoso. Creo que ni cuando el cura Hidalgo transitó la zona con todas sus hordas de insurgentes, la pasaron tan mal como nosotros en ese tramo. Ni siquiera la extraordinaria cena, ni la inigualable compañía, pudieron alejar de mi mente el regreso a Celaya por ese inenarrable paso de la muerte.

Al día siguiente nos llevaron a la exposición Bicentenario que está muy cerca de Guanajuato. En Silao para ser exactos. Me cuentan que esta exposición se abrió por el tan mencionado tema del centenario y el bicentenario. La verdad es que tanto la museografía, como lo que tienen en exposición es muy interesante. Lo que es ofensivo, son los imbéciles que han puesto ahí para dar los recorridos a la gente.
Habrá que ser muy franco en lo siguiente: Ya tenemos suficiente los mexicanos con no conocer la magnífica y riquísima historia de nuestro país, como para que estos borricos vengan a empeorar todo con sus inútiles explicaciones sobre como se desarrollaron los eventos que condujeron a la formación de este país.
Gracias a la explicación de estos badulaques, ahora pienso que el grito de independencia, lo dio en realidad, un mamut bebe que guardan ahí.

Ya ubicado en mi avión, me toca al lado de una mujer de mi edad muy guapa. Digo Buenas tardes educado como soy, me mira de arriba abajo y se voltea. No la culpo. Seguro con lo guapa que está, todo mundo se le lanza en los aviones. Lo que desconoce la diva de Silao, es que yo no me le estaba lanzando. Solo la saludé porque soy educado y guapachoso.

Saco mi computadora para empezar a escribir esta noble aportación a la literatura novohispana y a los pocos minutos, la chica empieza a roncar como trailer en subida. En eso debo reconocer que si es de mi tipo. Minutos más tarde la mujer está casi recargada en quien esto escribe y llenándome de baba la manga de la camisa.
Cosas del destino.

jueves, 7 de octubre de 2010

Espermatozoides a la Escuela

No puedo callar más. El mundo tiene que saber las que he pasado junto con la Generala en esta decidida cruzada de podernos embarazar.
Como te comenté en el pasado querido lector; mi amada consorte y tu querido y seguro servidor, han reactivado la azarosa cruzada de la fecundidad. Es importante mencionar que dentro de todo este periplo de hormonas y folículos; hay una parte que ha quedado fuera de foco una vez que llega la terrible noticia.
Como ahora no ha sido el caso, he de contarte caro lector, el arduo proceso de la inseminación artificial. Así que como diría mi abuelo Pancho Pistolas: ¡Va de cuento!

Todo empieza cuando a la Generala la empiezan a monitorear para saber como se han desarrollado sus folículos. Déjame instruirte caro lector, que esta palabra no corresponde necesariamente a lo que tenemos en el cuero cabelludo (o eso era lo que yo pensaba), los folículos también es donde se desarrollan los óvulos femeninos o algo así.
El caso es que la Doctora de la Generala a quien llamaremos La Gladiola, minuciosamente estudia el desarrollo de los mencionados folículos. Revisa su tamaño su forma y otras cosas que la verdad no entiendo y creo que tú tampoco lo harás. En determinado momento ella apuesta (así como en el hipódromo) por alguno de los folículos en desarrollo y le prescribe a mi esposita diversos tipos de hormonas para crecer esto o limpiar aquello.
Esta última ocasión y sin agua va, la Gladiola me ordenó que al día siguiente debería tomar mi muestra de semen (no ella, yo solito cabe aclarar), para insertarlo en La Generala “ipso facto”. Porque resulta que los multinombrados folículos, tienen el mismo temperamento errático que su dueña y decidieron romper antes de lo previsto.
La sensación que tuve en ese momento, fue la que me imagino tuvo Ernesto Zedillo cuando mataron al pobre de Luís Donaldo Colosio y así sin agua va, le dijeron: ¿Qué crees Doc? Vas a ser Presidente.

A pesar de lo que hice lo que estuvo en mis manos para disuadir a la floral galena, no lo logré y como ya se sabe que no me arredro ante las sorpresas, actué como los merititos machos… y allá fuí.

Lo que has visto en los programas de la televisión o en el cine acerca de este momento en el que los hombres tenemos que hacer algo que, para que echar mentiras… bien que nos gusta, pero no en un ambiente tan controlado; no es tal, es peor.
La salita que me tocó, se parece mucho a los cuartos donde la CIA tortura a los espías más temidos. Allá tuve que ir para recolectar la muestra… mi muestra, para llevar a mis “muchachos”, a una capacitación espermática.
Ellos no necesitan una capacitación de ese tipo; ¡ya son espermatozoides! Dentro de unos años, tal vez sean espermatosaurios, pero ahora es lo equivalente a que alguien tome un curso sobre como ser humano. ¡Tómala!

Lo que mis valientes guerreros necesitan es una capacitación ovulística. Adiestrarlos en el noble arte de seducir al hostil huevecillo. Normas de propiedad, el Manual de Carreño, decir buenos días, buenas tardes, buenas noches. ¿Me permite pasar y fecundarla?, llevar serenata, enseñarles algunas de esas canciones que derriten a las féminas como “Gema” y “Tres Regalos”, para que entonces si… puedan formar el preciado cigoto en comunión para engendrar la vida. ¿No sería mejor cambiar el programa de estudios de los espermatozoides señorita?
No señor. La capacitación espermática consiste en seleccionar a los mejores en su tipo. ¿Entonces es algo así como un “American Next Top Model” pero con espermatozoides?
Pues algo así. Mire, por ejemplo usted nos dio 28 millones de células. Pues son muchísimos. Si pero de esos sólo el 20% son normales. Pues cinco millones siguen siendo muchos. Sí, pero de ahí seleccionamos a los más rápidos y vigorosos. Entonces más bien es como las Olimpiadas de Beijing. Pues si. Esos espermatozoides olímpicos los bañamos, los peinamos, les metemos tres Red Bull y son los que insertamos a su esposa. ¡Que tecnología!
Debo decir que me siento sumamente orgulloso del número. Antes de que me operaran (de eso luego les platico), el conteo era sólo de trecientos. Me imagino a estos espartanos peleando la batalla de las Termópilas sobrados en valor, pero muy inferiores en número y sin un Leónidas que los dirigiera.

Ya que mis guerreros están bien capacitados; me dan mi probeta con la cual tengo que correr y bajar tres pisos, caminar a otro edificio, bajar un piso más, entrar al consultorio de la Gladiola y entregarle la estafeta como en carrera de relevos, para que pueda proceder la inseminación en la Generala, quien ya se encuentra en una camilla con las medidas reglamentarias para tal efecto y esperar a que estos millones de recién perfumados espermatozoides, corran tan rápido como yo, hacia la inmortalidad.

Quiera Dios.

sábado, 2 de octubre de 2010

La Comida de la Crayola

El próximo sábado hay comida en mi casa con mis suegros, mis cuñados y los fabulosos Gemelos Fantásticos. Así fue la invitación cortesía de mi hermanita la Crayola Roja, a congregarnos en su casa para el día de hoy.
A mi me dio mucho gusto, ya que la familia política de mi hermana y familia “no política” del Pelón, es de todos mis quereres.
A los Gemelos Fantásticos los vimos unos días después de su nacimiento y no los volvimos a ver. Por lo tanto la reunión se me hizo harto oportuna porque de lo contrario la siguiente vez que nos encontremos será en su graduación de la universidad.

Así nos preparamos para la reunión que debía ocurrir el día de hoy y se manejaron algunas opciones de banquetes para la ocasión. Hasta el miércoles de esta semana, acordamos que el “Piatti Forte” (así decimos los italianos) serían unas deliciosas Carnitas estilo Michoacán, que por cierto nada tienen que ver con Italia. Elaboradas por las insuplantables manos de mi papá.

La tajante Crayola decidió después que las Carnitas no eran adecuadas. En tan esperada reunión con la familia política ¿Cómo era posible que diéramos carnitas estilo Michoacán? Seguramente a todos los asistentes se nos iba a disparar el acido úrico y nos darían fuertes estertores de colesterol, matando instantáneamente a los asistentes y dejando a los Gemelos Fantásticos en una desamparada orfandad, hasta que alguien se apiadara de ellos. Hay que reconocer que el argumento era dramático como indebatible.

Así que mi dorada y ahora espigada hermana, después de un gran trabajo de sesuda reflexión, decidió que el menú debería sustituirse por una saludable carne asada. La cual también se encargaría de matar a los asistentes pero un poco más lentamente. Dándoles tiempo a los Gemelos Fantásticos de aprender un oficio y desarrollarse plenamente antes de quedarse sin familia, para evitar pasar a formar parte, de la inmensa fila de niños en el DIF Capullos.
¡Gloria a Dios en las alturas por la sagacidad de la Crayola!

Después todo se fue al cuerno y la familia del Pelón, tuvo que cancelar su asistencia por una triste noticia más allá de su control.
Pero como ya estábamos vestidos y alborotados me habló mi hermanita por teléfono:

Hola. Hola ¿Cómo estás? Muy bien. ¿Oye siempre que onda? ¿Qué onda con que carnala? Pues con la cena de hoy. ¿Que no era comida? Pues no, ya no es comida, ahora es cena. Bueno pues supongo que cenaremos ¿no? Si, ¿pero que vamos a cenar? ¿Cómo que que vamos a cenar Crayolita? ¿No habías impuesto tu el exótico menú de una carne asada? Es que ya decidí que mejor no. ¿Y eso porque hija de la vida? Pues porque eso vamos a comer la próxima semana cuando ahora si nos reunamos con la familia del Pelón. Somos regiomontanos primor, podemos comer carne asada todos los días de nuestra vida y privarnos del resto de los alimentos. Pues yo no voy a comprar carne este fin de semana y el próximo. Me parece una actitud muy fea de tu parte. ¿Qué te parecen mejor unas hamburguesas al carbón? ¿Qué te parecen mejor unas carnitas estilo Michoacán? No seas payaso… ¿Quieres hamburguesas al carbón o no?
A punto estuve de responder que la verdad no se me antojaban sus pinches hamburguesas, pero creo que con la edad me he vuelto más precavido y conciliador.
Unas hamburguesas al carbón están muy bien. – Respondí. ¡Que bueno! ¡Que dicha! Nos vemos a las seis. ¿Cómo que a las seis? ¿Qué no era cena? Si pero dijimos que a las seis. ¿Quiénes dijimos? Le comenté a tu mujer que nos veíamos a las seis. Volteé a ver a la Generala que me respondió con una mirada de “no tengo idea de nada” y le respondí: ¿Llegamos a las ocho? ¿Porque a las ocho? ¡Ay de mí!
Llego a la hora que quieras hermanita, comeré lo que me des y me regresaré a mi mansión tan tranquilito como siempre. Entonces acá nos vemos y trae botana. Invita a los Conejos, los Vacunos y al Gordo Reformado. Heil Hitler!

A veces me pregunto porque mis papás mejor no me compraron un perro en lugar de tener la genial idea de hacerme pagar mis males con esa hija de la SS.

jueves, 23 de septiembre de 2010

El Regalo de la Generala

Fue cumpleaños de mí adorada Generala y aunque todo México en un hecho inédito, se encontraba con una cruda monumental, nos dispusimos a continuar los festejos del bicentenario, ahora para celebrar a mi consorte por su feliz onomástico.
Todos los festejos transcurrieron con saldo blanco para nosotros los involucrados. Tanto en el Bicentenario como en el cumpleaños de la Generala.

Estábamos emocionados porque después de la ya muy comentada cirugía de mi esposa; la ginecóloga nos dio el visto bueno para recomenzar la ardua labor de embarazarnos. Aunque empleo el “nosotros” en esta frase, sólo quiero aclarar que es por mera solidaridad que lo escribo así. Ya que obviamente su seguro servidor, no tiene la noble capacidad de engendrar vida en su vientre. Aunque he de confesar que en mi pancita cabrían cómodamente un par de gemelos.

Así obedientes como somos, nos pusimos a hacer la tarea. También empleo este término escolar, sólo con la finalidad de hacer una analogía y darte a entender querido lector, que nos entregamos a los placeres del espíritu y la carne, para tratar de crear una vida de la nada. O dicho de otra forma: Iniciamos las acciones pertinentes en las que el ser humano se reproduce.

Vino pues la larga espera que como ya he expuesto en el pasado, es ardua. Esta vez no fue tan pesado porque al ser la primera vez que estábamos en ese tenor después de la cirugía, creo que había de nuevo la emoción. El hecho de que se cruzara el cumpleaños de La Generala y del Bicentenario de esta irredenta nación, hizo menos difícil el tiempo que tuvo que pasar para saber si sí o si no. Al menos así lo fue para mí.
Irredenta… con esa dominguera palabra, mi querida Bioloca calificó México el otro día que hablé con ella. Ya me ocuparé de eso después, porque ahora estamos hablando de la divina concepción y la espera de los que como nosotros, tenemos que esperar para poder tener un hijo.

La Generala me hizo llegar la noticia hoy en un mensaje de texto. Otra vez la burra al trigo. Una vez más no nos pudimos embarazar.
Ya no se que me entristece más, si el hecho de no poder lograr algo que los dos queremos con todo el corazón o el saber que a mi amada compañera le duele más que a nadie aunque me diga que no.

Por eso mi regalo para ti en este cumpleaños mí amada Elena… es esperanza.
En este cumpleaños y en este nuevo año de vida que inicias, quiero regalarte muchos kilos de ella y no sólo eso, sino también la de mis queridos (y escasos) lectores de este virginal blog.
Este fue sólo el primer intento de otros. Las veces que la biología nos niegue ser padres, será el mismo número de veces que volveremos a intentarlo. Porque como dijiste en ese escrito que hiciste: Vamos a ser papás. No se si en unos meses o en un tiempo más larguito, pero vamos a serlo. Esa persona que en algún lado está esperando caer en tus protectores y tiranos brazos, llegará. No tengo la menor duda de eso.

No estés triste mi adorada Generala, yo estoy aquí contigo y aquí seguiré siempre, para regar la semillita cuando haya que hacerlo. También estaré cuando llegue y haya que cuidarlo y estaré ahí contigo cuando lleguen los hijos de esa persona.

Lectora y lector querido, déjame tomarme el atrevimiento de contar con tus oraciones, tu luz y la misma esperanza que hoy le convido a mi consorte, para que se nos haga realidad en nuestra familia el fabuloso regalo de la vida. Seguro entre más seamos, más rápido llegará. Desde luego como pago a esto, tendrás todos los detalles que el hecho amerite.

Por lo pronto en un mes más nos daremos un regalo más chiquito y nos lanzaremos a la conquista del fabuloso Cancún, a unas merecidas y esperadas vacaciones. Donde aunque la doctora no me lo ordene… pienso regar la semillita.

Ditto.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Bicentenario Vol. 2

En mi paso por esta vida, he tenido grandes amigos y uno de ellos sin duda alguna fué y sigue siendo el abuelo Mcrow.
Él también era veracruzano. Aunque supongo que era la versión descafeinada del estereotipo común.
Venía de una familia trabajadora de clase media, conformada por sus padres y hermana. El bisabuelo Mcrow, a quien no tuve la oportunidad de conocer, se divorció de mi bisabuela y tiempo después se fue a vivir a México. En sus últimos años de vida, mi bisabuelo descubrió que el quería hacer realidad el mentado proverbio de que “a la prima se le arrima” y así sin más, se le arrimó a la suya para casarse de nuevo.

Mi abuelo a los dieciocho años se fue a vivir a México para comenzar a forjar la que sería su carrera política por este país.
Se enamoró en algún momento de una muchacha a la que años más tarde recordaría como una señorita hermosísima. La realidad, es que esta mujer no pensaría lo mismo y se casaría con otro.
He tratado muchas veces de imaginar la tristeza que pudo haber sentido. Porque aunque todos los que lo conocimos, podemos pensar que era muchas cosas; nadie lo recordamos como un hombre propenso a sentimentalismos. O eso es lo que cree la mayoría. Yo se que en su interior, fue un hombre que albergó grandes pasiones y estoy seguro que este hecho fue un parte aguas en su vida.
¿Cómo lo se? El simple hecho de que no se casó después, es más que suficiente para indicarnos que realmente estaba enamorado de esta muchacha.

Luego de algunos años, esa hermosa señorita enviudó y se quedó sola con una hija de doce años. Mi abuelo que además de todo era un hombre extremadamente inteligente, vió la oportunidad de, por ponerlo en términos futbolísticos, rematar de cabeza dentro del área y se casó con ella. Esa referida hermosa chica (que parece entonces ya tenía algunos añitos), tendría más tarde el invaluable honor de ser mi abuela.

Como fruto de ese matrimonio, llegaron dos hijos más. Mi tía Manzana y mi Papá.
Como era de esperarse en un matrimonio, en el que estoy seguro que mi abuela se casó con él por rebote y porque seguramente era muy difícil para una mujer quedarse sola a finales de los cuarenta; el matrimonio nunca funcionó muy bien y terminaron separándose, pero nunca se divorciaron. Mi abuelo más tarde me diría que no lo hizo porque su religión se lo prohibía.
Eso es como si yo de pronto les dijera, que ya no voy a escribir este blog porque tengo que continuar con mi carrera de físico nuclear. Otra muestra contundente de que mi abuelo, si era un hombre propenso a sentimentalismos. Si amó y amó en serio y que cuando una idea se le metía en la cabeza era capaz de llevársela a la tumba.
Una característica que aún llevamos pirograbada en nuestra cadena de ADN.

Para mi, desde que tengo uso de razón, mi abuelo vivió con nosotros.
Lo recuerdo de muy niño siempre yéndose a trabajar impecablemente vestido, sin la más mínima mancha o hilito descocido; los zapatos perfectamente boleados y en su carro que, aunque cayera la peor tromba de la historia, siempre estaba limpio hasta por abajo. Supongo que era el único carro que no era feo por abajo.

De igual manera como era él, era su cuarto. Nunca en la vida he vuelto a ver más orden y pulcritud en nada ni en nadie. Tal vez en el Palacio de Versalles en París pero nada más.
Mi abuelo era el ser más afable y tranquilo como yo lo recuerdo. Siempre preocupado por los grandes temas del país y por su familia. Siempre tenía tiempo a pesar de su ocupada agenda, de dedicarse a sus nietos. De llevarnos y de traernos, de comprarnos la baratija que se nos antojara y sobretodo de escuchar cualquier cosa que le quisiéramos decir. Imagino que en aquel entonces con el cargo que tenía en el Gobierno del Estado, debería tener muchas cosas que hacer, pero francamente no lo recuerdo corriendo ni ocupado para nosotros.

Nunca fue un hombre propenso al ahorro y pienso que siempre traía encima todo su dinero. Yo creo que llegaba al banco y pedía que le dieran todo en los billetes más nuevos y bonitos que tuvieran, los ordenaba minuciosamente y sujetaba todo el fajo con un impresionante broche de oro con su nombre grabado en un escudo que lo remataba. Años más tarde recuerdo estar subiendo a un camión con él y cuando sacaba ese fajo de billetes, sujetados majestuosamente por ese broche, normalmente era presa de más de una mirada. Tal vez pensaban que aquel viejito con tal porte y personalidad debía de ser millonario y solo se había subido a un camión por una mera excentricidad.

Lo que más le gustaba a mi abuelo era conversar. Ejercía ese cada vez más escaso hábito, con la maestría de un buen político. Abordaba los distintos temas de una manera profunda y amable, que seducía a sus interlocutores las dos o tres o cuatro horas que durara la plática.
Una vez caminando con él, encontró a un señor a su paso y comenzaron a hablar. Yo… un impaciente niño de unos nueve años, desde luego mi mente estaba en otro lugar y quería llegar a la plaza a la que íbamos a comer helado y a jugar en las maquinitas. No le importó eso al abuelo Mcrow, para quedarse ¡tres horas!, hablando con aquel señor.
Cuando por fin terminó y nos fuimos de ahí le pregunté: ¿De donde conoces a ese señor abuelo? De ningún lado, es la primera vez que nos vemos.
¡Se acababan de conocer a media calle!, ¡tres horas hablaron de economía, política, mujeres, carros, vinos, historia, medicina y sólo Dios sabe que otras cosas!
Como dije, mi abuelo en el arte de la conversación, era algo así como un Miguel Ángel para la escultura. ¡Que solo te hubieras sentido abuelo en estos años, en los que solo platicamos por texto o por nuestros teléfonos celulares!

Cuando mi abuelo se retiro de la vida “pública” y nosotros por esos extraños azares del destino, vivíamos en Guadalajara; el pasaba seis meses en Monterrey y seis meses en Guadalajara con nosotros.
En Monterrey vivía siempre en un hotel. Nada raro para un hombre que vivió veinte años en uno cuando estuvo en la ciudad de México. Eso puede darles una buena idea de la personalidad frugal de mi abuelo.

Recuerdo que para mí, los mejores seis meses del año, eran los que mi abuelo pasaba con nosotros. Estoy seguro también que en esos años, fue cuando nuestra amistad se fortaleció. A mi abuelo le debo ese inconmensurable amor que le tengo al cine, ya que era nuestro pasatiempo, además de ir a jugar a las maquinitas, donde estoy seguro que él ejerció siempre su paciencia mientras yo pasaba horas y horas ahí.
Cuando ya teníamos un rato jugando me decía: Ahora vamos por helado y nos sentamos en una banquita. ¿Y eso para que? Pues para ver a las muchachas que pasan.

Le gustaban las mujeres al abuelo, que no haya duda en eso. Además, no tenía el menor reparo en decírselo a la que vendía los helados, a la mesera, a la de la taquilla del cine o a la que le gustará. Siempre volteaba y me decía delante de la afortunada hembra del día. ¿Habías visto una muchacha más linda que ella?
Y mientras la muchacha se mordía el rebozo y miraba al cielo como María Felix en Tizoc, yo me escondía debajo de la primera mesa que encontrara. Hay que recordar que yo solo era un niño y para mí en aquel entonces, las mujeres eran seres enigmáticos de los que yo no sabía gran cosa. Creo que todavía es así, pero el punto es que mi abuelo era un Casanova.
Creo que como lo veían viejito las chavas, creían que nos les iba a hacer nada. Pero yo creo que si se descuidaban tantito…

Lo que la vida le hizo a este caballero no tiene nombre. Ya de regreso y viviendo en Monterrey, mi abuelo poco a poco empezó a olvidar todo lo que había sido y hecho.
Empezó con cosas normales como ¿Qué día es hoy? ¿En que año estamos? Y ¿Cómo se llama esta calle?
Después a cosas más graves como cuando tomaba un tenedor y decía ¿para qué es esto? ¿Quién eres tú? y ¿De quien eres hijo?

El abuelo Mcrow digamos que no murió en un día. Se fue muriendo poco a poco a lo largo de algunos años. Lentamente entro en un sueño cada vez más profundo hasta que olvidó todo.
Lo recuerdo sentado en su mecedora de la entrada, fumando uno o dos cigarros a la vez y aunque no sabía quienes éramos, siempre nos saludaba con mucha cordialidad y nos sonreía como siempre lo hizo. Siento mucho que así sea como lo conoció la Generala. ¿Cómo no lo conoció en aquellos años cuando correteaba con la Crayola sobre el filo de la banqueta y cuando conversaba de todo y con todos?

Murió un cinco de abril hace once años. La última vez que lo ví estaba en una cama apartado de todo y de todos. Su ojo izquierdo, había perdido una dura batalla contra una infección. Era solo cuestión de tiempo. Le di un beso en la frente, le di las gracias por todo lo que había hecho por mí y me fui a un viaje que tenía a Acapulco.
Regresé al medio día una semana después y murió a la mañana siguiente.

Es increíble que pasen los años y yo aún no supero su partida. En los momentos más difíciles de mi vida, siempre su figura surge de algún lado y me cobija compasiva. Ya sea a través de un sueño o un recuerdo. No lo busco, el siempre llega, como me ha llegado en este preciso momento a través de unas inoportunas lágrimas al recordar todo esto.

Donde quiera que esté, el abuelo Mcrow es el modelo que yo he decidido seguir. El vive a través de mí y de todo el amor que sembró en los que lo conocimos.

domingo, 29 de agosto de 2010

Bicentenario Vol. 1

Ahora que estamos a punto de celebrar el Bicentenario en México y que muchos de esos que suelen tirarse al piso, ahora dicen que no debemos celebrar. ¿Porqué celebrar si el país está en medio de un caos total? Que mejor no celebremos ni demos el grito, que ahora callemos en señal de indignación.
A todos esos aguafiestas yo les pregunto: Si ustedes (Dios no lo quiera), tuvieran un cáncer terminal y estuvieran a punto de morir… ¿celebrarían su cumpleaños? ¡Pues claro que si! ¿Entonces por que caraxos no hemos de celebrar el cumpleaños número doscientos de este país? Con esto no me refiero que tenga el país una enfermedad terminal, pero aceptemos que estamos en terapia intensiva. No habría nada más antinatura para nosotros los mexicles, que dejar de celebrar cualquier fiesta con ese parrandero espíritu que nos cargamos. Ahí los dejo con su amargor para que lo piensen.

En este inhóspito y virginal blog, ahora hablaré de otro bicentenario.
Este, no se llama así porque se celebren doscientos años, sino que se celebran dos centenarios y de ahí el nombre. Aunque pensándolo bien, en total si son doscientos años.
Este 2010, también se celebra el natalicio de mis dos abuelos, tanto el padre de mi mamá: Pancho Pistolas. Como el padre de mi papá: El Abuelo Mcrow.
Estas dos figuras que marcaron mi vida de formas muy diferentes y en algunos casos muy similares, cumplen cien años de haber llegado a este mundo y aunque hace tiempo que ya no están en él, están tan presentes hoy como lo estuvieron en vida.

Mi abuelo Pancho Pistolas era el veracruzano promedio, alegre y dicharachero. Dentista de profesión y bohemio por afición.
Era un hombre que disfrutaba de la comida en todas sus modalidades, de la que nunca se privaba.
Lo recuerdo levantándose a las seis de la mañana para tomarse su café, hacer el desayuno, bañarse, arreglarse y estar listo para cualquier cosa. Venía de una época que hasta para ir al mercado se ponían saco y corbata; siempre enfundado en su sombrero y siempre puesto para ir a donde fuera.
Como nació en plena Revolución, me imagino que por eso siempre tuvo pistola. Mi mamá me cuenta que la tenía cargada sobre el buró cuando ella era niña, aunque con los nietos ya se nos domesticó y por lo menos la guardaba. Pero eso si, a la menor provocación… disparaba. Algo sumamente peligroso porque la verdad es que Panchito no tenía muy buena puntería.
Cuando lo evoco en mi memoria, siempre lo recuerdo masticando. Nunca me han querido decir nada, pero sospecho que mi abuelo era rumiante. A lo mejor tuvo un antepasado que era conejo o ardilla. ¡Como comía Panchito!
Cuando ya tenía casi ochenta años, podía cenar como cualquier adolescente e irse a dormir tan tranquilo como si no le debiera a nadie. Algunos le velábamos el sueño para ver a que hora daba el último respiro, pero nunca pudo la comida contra el abuelo.
Era un hombre que reía a la menor provocación y no paraba hasta que le dolía el estómago. Me dicen que antes tenía un humor más agridulce. No me consta, yo solo puedo hablar por lo que ví y conmigo nos tirábamos unas carcajadas que de sólo acordarme no puedo evitar sonreír.
Recuerdo que los sábados en la noche nos poníamos a ver el box, cosa que era un espectáculo con Panchito; porque tiraba jabs y uppercuts a la menor provocación, desde luego aderezadas con los gritos de: ¡Ah que pendejo eres! contra el púgil de su preferencia. Desde entonces no volví a ver el box. No es un deporte que me guste y sin embargo disfrutaba verlo con el abuelo. Supongo que son de esos momentos que si uno pudiera pagar por volver a estar ahí, daría la cantidad que fuera.
Durante años, Panchito fue el pilar que mantuvo a la familia unida entorno a él. Cada cumpleaños nos reuníamos todos a celebrarlo con bombo y platillo. Esto bajo el eslogan de: No vaya a ser el último. El caso es que quince años festejamos a Panchito muy a gusto en la infaltable cita del seis de agosto.

Ahora que hago esta reflexión de Pancho Pistolas, me doy cuenta que seguro el sembró inopinadamente en mi, la semilla del gusto por escribir.
Disfrutaba contar sus historias, de las que tenía una para cada ocasión. Esto es lo que más me gustaba él. Creo que fui el único de la familia que nunca se cansó de escucharlas una y otra vez. Además tenía una manera de contarlas que harían temblar a cualquier novelista.
Creo que desde la primaria, cuando mi abuelo tuvo que desarrollar una monografía sobre Argentina, descubrió su talento para este inexplicable oficio. Toda la vida estuvo orgulloso de su monografía, misma que estuvo a punto de ir a dar a la basura cuando murió. De no haber sido por las heroicas manos de quien esto escribe, que la salvaron de las garras de mi madre y la bioloca, quien sin el menor pudor, iban a desechar la Monografía de Argentina que mi abuelo guardó toda su vida. Ahora yo soy el custodio de tan magna obra que de portada lleva la bandera de aquel país, pintada con lápices de colores por el propio Panchito cuando era un niño que correteaba por Orizaba.

Sin embargo, soy custodio también, del manuscrito de algunas de sus anécdotas, que incluso fueron publicadas y ganaron un premio. Ahora que lo pienso, el abuelo y yo somos los únicos escribas de esta familia. Aunque la obra de él más pequeña en cuanto a volumen, mucho más rica en premiaciones hasta ahora.

Podría yo seguir escribiendo sobre la vida y obra de Pancho Pistolas; sobre sus dichos y sus versos que hoy se han vuelto parte de la jerga de la familia. Sobre sus anécdotas y sus amigos, sobre su profesión como dentista, de la que gracias a Dios nunca me ví “beneficiado”, porque dicen que Panchito tenía la mano pesada para eso de extraer muelas. Podría yo hablar de sus legendarios huevos revueltos con frijoles. Pero la verdad es que necesitaría muchos blogs para poder darte una idea querido lector, de este hombre que marcó mi vida y al que hoy, a más de una década de su partida, aún extraño.
Su vida, su paso por este mundo y todo lo que nos dejó, eso… hay que celebrarlo en este centenario.

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