La ira ha carcomido mi ser los últimos días. Creo que empiezo a ser presa de un ataque hormonal por todos los frentes. Tengo que tranquilizarme, porque si no, algo pasará.
Tenía previsto pasar un par de días de trabajo en Mérida y después un par más de vacaciones, ahí mismo, con mi adorada mujer. Sin embargo, no contábamos con la astucia del vuelo Mérida – Monterrey, que así nada más, se agotó. Obvio es decir que lo hizo, antes de que compráramos el boleto de aquella. Así, se quedó bailando y no vendrá conmigo; entonces ¿para que he de quedarme allá? Tendría que recurrir al escabroso tema de las novias imaginarias; comentado en la entrada pasada de este blog.
La verdad es que yo ya conozco esas apacibles y amables tierras Yucatecas; mi intención, era que las conociera mi Morena de fuego, pero pues ya nos la pellizcamos.
Eso y otras muchas cosas que pasan, me tienen con un humor de perros estos días.
Así con todo y mi genio (hablo del humor), me levanto a las cinco y media de la mañana, me baño con un frío de perros, me visto, llega mi taxi, acaricio a la Generala y beso al Joey (¿o al revés?), llego al aeropuerto, despego en Monterrey, aterrizo en México, compro un café, me subo al vuelo que va a Mérida, me toca el último asiento, cuyo ocupante es el que tiene la función de destrabar el carrito de las bebidas llegado el caso. El vuelo va vacío, la sobrecargo me sonríe y me dice que me mueva si quiero. Como sí quiero, me cambio a un lugar sin responsabilidades. Despegamos otra vez. Mientras nos vamos alejando del suelo, puedo admirar con cuidado, lo que alguna vez fue la Gran Tenochtitlán. Allá a lo lejos, los volcanes más famosos de México: El Popocatepetl y el Iztaccihuatl. Mi ira desaparece de manera casi instantánea y soy transportado a otro tiempo.
Un tiempo hace muchos años, en el que tenía la grandísima ilusión de conocerlos. Yo debo haber tenido siete u ocho años y allá fuimos mis papás, mi hermana, mi abuelo “Pancho Pistolas” y mi tía la Bióloga. Subimos hasta el Popo y nunca pudimos verlo. Yo preguntaba que donde estaba el volcán y a pesar de los esfuerzos de todos por hacerme entender que estábamos arriba de él, yo no les creía. ¿Cómo era posible estar encima de un enorme volcán y no poder verlo? La neblina era espesa y hacía un frío de perros en el refugio alpino de Tlamacas.
Bajé desconsolado por no poderlos ver, fuimos a comer a un restaurante en la carretera y cuando salimos, ahí estábamos a los pies de los dos volcanes. Eso fue hace más de veinte años y todavía recuerdo ese profundo sentimiento de haber encontrado algo que faltaba. Desde entonces, el Popo y el Izta, han ejercido sobre este que escribe, una mística atracción que va más allá de mi entendimiento. Para mi son como dos amorosos padres en la lejanía de un valle, que cuidan a sus hijos. Ellos dicen y yo callo y obedezco. Me subordino incuestionablemente a sus encantos y escucho con atención lo que me tienen que decir. Todo va a estar bien -dicen los volcanes-.
No me lo dicen así con palabras. Solo lo siento dentro de mí, ellos lo inspiran, ellos lo saben, ellos lo hablan.
Después de un rato en el avión y más allá, puedo ver otro volcán, el Citlaltepetl, del que me hablaban mis abuelos. Ese es su verdadero nombre, aunque la gente lo conozca mejor como: El Pico de Orizaba. Es la primera vez que lo veo en mi vida, pero también se comunica conmigo; mi abuelo me habla a través de él y recuerdo de golpe muchas cosas. Todas ellas buenas, todas ellas nostálgicas.
Cuando llega el momento de aterrizar en la blanca Mérida, lo hacemos en medio de una espesa capa de nubes. En Mérida llueve. Para los habitantes de esta hermosa ciudad, hace mucho frío. Hay dieciocho grados. Los Emeritenses, llevan suéter, algunos de ellos abrigo y otros más friolentos… tuvieron una ardua batalla con la polilla de su armario, para sacar su empolvada bufanda, que usan sólo dos o tres días al año. Yo… estoy comodísimo y en camiseta con ese clima. Mi mal humor se encuentra en franca recuperación.
Con una buena cena yucateca, mi mal humor desaparecerá por completo y podré ir a dormir, para tener sueños llenos de lava.
Les dejo una fotografía que tomé desde el avión a los volcanes. Mi buen amigo Varo, estará feliz de que haya puesto una en mi blog. No te acostumbres. También les dejo un video que cuenta la leyenda de estos dos volcanes de México.
Voy a tratar de terminar esta entrada, antes de que mi amada consorte termine de arreglarse. Eso no tiene ningún mérito, ya que en ese tiempo sería posible que estudiara una maestría y hasta me doctorara en algún tema así como: Estudios avanzados Teóricos de la Psique Femenina durante el Porfiriato.
Sin embargo, puedo decirte amado lector, que es justo la manera en la que puedo definir mi caótica semana. Tengo (a Díos gracias…) tanto trabajo estos días, como una bailarina exótica en quincena. No veo necesidad de aclarar, que a lo que yo me dedico, no es precisamente a eso de los bailes exóticos, donde seguramente tendría poco éxito y pasaría sin pena ni gloria, pero eso sí, con muchas risas.
La Generala ahora ha vuelto a trabajar a marchas forzadas, un tema por demás triste para mí; ya que su trabajo se encarga de privarme de su anhelada presencia los fines de semana, que es cuando más necesito de sus besos y caricias. Cuando por fin la tengo conmigo, está la pobre mujer, como chicle pisado y no quiere saber de nada ni de nadie.
Ni modo… buscaré una novia para los fines de semana. Preferentemente imaginaria, para evitar todo el lío moral y legal. Estoy pensando en primera instancia en Mónica Bellucci. Siempre ha sido la reina de mis fantasías. Me imaginaré en estos solitarios fines de semana, caminando juntos, ella viendo hacia el piso, como casi siempre camina y yo, viéndola con cara de baboso, admirando su etérea belleza. Andaremos por las calles de París, ciudad que es la princesa de mis fantasías, porque es ahí donde vive la exuberante Mónica, en compañía del imbécil de su marido que por cierto, es más feo que un carro por abajo. París para mí, ya dejó de ser una fantasía. He tenido la oportunidad de caminar sus calles y comer en sus bistró. Es la ciudad más bonita del mundo y fin de la discusión. ¿Por qué nunca he escrito una entrada de la Ciudad Luz? No lo sé. Habrá que hacerlo alguna vez.
Basta ya de quejas por mi soltería. Ahora les voy a contar de la llamada extorsiva que recibimos esta semana en nuestra casa.
Resulta que el martes se encontraba en esta mansión, nuestra Vicepresidenta de Servicio Doméstico, Lavandería, Similares y Conexos, llevando a cabo las labores propias de su puesto; cuando de pronto, recibió una agresiva llamada, donde le exigían que depositara cierta cantidad a un número de teléfono y que de no hacerlo vendrían hasta aquí a “madrearla” [sic]
La “Despeinada” se asustó horrores, así que les dijo a los criminales, que ella no vivía aquí, que ella solo hacía la limpieza, que no sabía nada y que por favor no la mataran, porque ella aún no encontraba el verdadero amor. Los criminales, hábiles por instinto, le dijeron que entonces buscara alguna cosa de valor en este hogar y lo sacara a la calle para que ellos pasaran a recogerlo. ¿Qué les parece? Ahora los robos son a domicilio y antes de treinta minutos como las pizzas. Además, si tan solo supieran que lo único que tengo de valor aquí, es el sacacorchos que me regaló mi mamá, no se afanarían tanto.
Afortunadamente, a la Despeinada se le prendió el foco y les colgó. Llamó de inmediato a su patrona (y la mía…), para darle el reporte entre lágrimas y una crisis nerviosa, que imagino provocó que se le erizara aún más su indomable cabellera.
La Generala convocó “ipso facto” a todo su estado mayor y pa’ pronto arribó aquí la guardia municipal. Después de algunos momentos, la despeinada se calmó (pero nunca se peinó) y tomamos la decisión, de levantar la denuncia con nuestras autoridades; que es algo tan inútil como comer sopa con tenedor.
Así operan esas bandas señora- le dijo el procurador a mí “oder haf”- buscan en las páginas blancas, marcan al azar un teléfono y si se asusta el que contesta, buscan la dirección y van, o esperan que les depositen saldo en sus teléfonos. A veces hasta operan desde la cárcel.
¡Ay Díos mío… que país!
Al teléfono que dejaron, yo ya les marqué; me contestaron y les dije: ¡Ya les deposité… por favor no me hagan nada! Muy bien ¿A dónde depositó? ¡A este número! Más te valía. ¿Quiere saber cuanto les deposité señor extorsionador?, ¿Cuánto?, Les deposité aproximadamente tres mil kilos de caca hijos de su reputísima madre… ahí los dejo para que se la coman.
Este último párrafo no ocurrió, sólo en mi imaginación. No me dejaron hacerlo pero, supongo que si puedo fantasear de caminar por las calles de París con Mónica Bellucci, también puedo fantasear con insultar a un criminal.
Por lo pronto, la próxima semana estaré caminando por las calles de Mérida, con mi Malinche. Voy y vengo. Ahí les encargo el changarro y ya saben: Si tocan no le abran a nadie, en la noche ponen la tranca y ahora si suena el teléfono, no contesten.
El día del amor y la amistad tiene múltiples maneras de ser definido. A aquellos que les da por creer de si mismos que son librepensadores, comúnmente gustan de decir que es un día inventado por la mercadotecnia, para aumentar la venta de flores, peluches, regalos y otras cursilerías. Hay otros a los que les gusta pensar que en este día, tienen la obligación de darse regalos, llevarse a comer a algún lugar especial y estar acarameladitos toda la “festejación”. Yo coincido parcialmente con ambas definiciones.
Creo que en un mundo en el que hoy nos llegan los guamazos de todos lados; calentamiento global, políticos estúpidos gobernando en casi todos los países del orbe, los niños de Haití y de muchos lugares que ya no tienen esperanza, así como el tamaño que ha alcanzado la impunidad y el crimen en lugares anteriormente felices e idílicos, como mi México adorado. Un día para celebrar el amor y la amistad, me parece que siempre debe ser bienvenido.
Para mi este es un día para reflexionar y decirles a todos aquellos que nos rodean lo importantes que son y que no importa que al mundo se lo esté llevando patas de hilo, ya que mientras nos tengamos los unos a los otros, este lugar seguirá siendo habitable.
Creo que un buen ejemplo de eso es lo que hoy vivimos en Monterrey que es el denominado “Clásico”. En esta Ciudad de las Montañas, pocos acontecimientos son tan importantes como el enfrentamiento futbolístico entre las dos escuadras de la ciudad: los Tigres y los Rayados. Para los que son de otros países, baste decir, que es como un Real Madrid contra el Atlético de la misma ciudad, pero en proporciones infinitamente más pequeñas.
Los dos equipos de futbol de esta ciudad, usualmente se han caracterizado por ser más malos que cenar sandía. Con la salvedad del torneo pasado, que los Rayados quedaron campeones por cuestiones esotéricas de las que no hablaré aquí. Casi siempre el éxito o fracaso en los torneos de estas dos escuadras, se basa en ganar solo este partido, donde se juegan algo más que la honra. Es un partido con tal mística, que semanas antes de que este se juegue, normalmente la ciudad comienza a dividirse paulatinamente, hasta quedar solo dos frentes cara a cara, que se dispondrán a gritarse lo que sea el día del juego.
A mi la verdad su resultado deportivo me tiene sin cuidado, salvo el hecho de que gane quien gane, tendré que escuchar a los de un bando o a los del otro, burlarse del perdedor durante toda la semana.
Pero ya se me fueron las cabras al monte con todo y pastor; porque esta entrada se trata del Día del Amor y la Amistad y no de este partido que se celebra hoy también. Sin embargo viene a mi mente esto, porque hace unos momentos que iba yo a devolver unas películas a mi videoclub; encontrábame parado en un semáforo, disfrutando la Obertura 1812 de Tchaikovsky (estoy pasando por un periodo clásico) que es para mi como una multieyaculación; cuando vi a dos amigos que se dirigían a algún lado (presumo que a ver el clásico), uno enfundado en su playera de Tigres y otro en su playera de Rayados. Pronto vino a mi mente lo común que es esa imagen en esta ciudad. Tan común como ver a una pareja de novios, uno con la playera de su equipo y otro con la playera de su acérrimo rival. Eso para mi es la amistad.
Quiero enviarles desde aquí un pensamiento y caluroso abrazo en este día, a todos esos colegas que he llegado a conocer a través de este virginal blog. Sus palabras y sus letras, me hacen brincar de un estado de ánimo a otro como si yo fuera una pulguita. Sus letras, historias y opiniones han vuelto mi vida sabor tutti fruti.
A mis amigos los de siempre, ustedes saben quienes son, los abrazo con todo cariño, por hacer mi vida mejor todos los días. Pero sobretodo por aguantarme y estar juntos, a pesar de todo.
A mi mamá, mi papá y mi hermana “La Crayola Psicotrópica”, quienes son mis primeros (y últimos) amores de la vida, celebro su cariño este y todos los días.
A mi compañera desde hace casi quince años, este es un día más para ti y para mí. Sin embargo, gracias por llenar de amor todos mis días y no solo los catorce de febrero.
Esta es la entrada número cuarenta de La Hora de Mcrow y se las dedico a ustedes que me favorecen con su lectura y comentarios.
Esta semana ha sido un mosaico de colores. Lo único que puedo decir es que el trabajo en esa importante compañía, que tiene el inigualable privilegio de tenerme entre su talento más codiciado, ha sido arduo y ha sido mucho. Necesito urgentemente a un aprendiz, que venga a sustituir a la señorita Cometa; ella, se fue así sin más de mi vida y yo aún le lloro, como quien lo hace por un hijo que deja el nido. ¡Ay de mí!
Sin embargo, el fin de semana pasado, los Mexicas nos aventamos uno de nuestros famosos puentes por el día festivo del lunes, lo cual ha hecho esta semana más corta y llevadera. Dicho festejo nos permitió el fin de semana, encontrar un espacio en la apretada agenda de mi hermana, el Pelón y los Conejos; con quienes uno debe de hacer cita con tres meses de anticipación y mandar un oficio original y copia; para dedicárnoslo en una agradable ida al cine y ver la multipremiada “Avatar”. Mi santa madre, fue la encargada de custodiar celosamente la integridad física y moral de la Conejita (quien es ya toda una señorita), para permitir a la tropa, avanzar sobre la sala de cine más cercana y sumergirnos en el mágico mundo de Pandora, en tercera dimensión.
Como parte de esta semana multicolor, tuve un viaje relámpago de trabajo, a la Gran Tenochtitlan, donde estuve desde el martes hasta el miércoles.
Sin entrar en detalles de mí ya tradicional y atropellado viaje a esta complicada urbe, habitada por más de veinte millones de masiosares, solo comentaré que tuve la dicha de ir a cenar al restaurante Villamaría, que es uno de mis favoritos de todos los lugares del mundo, en el que este quien les escribe, ha tenido el privilegio de comer.
Primero degusté una deliciosa sopa de flor de calabaza, que me transportó de inmediato a un paraje hermoso y verde, en el que caminé de la mano con Xochipilli y nos perseguimos el uno al otro, en un jugueteo cósmico-orgásmico-musical. Después en un entre tiempo, comí una deliciosa (y grande) quesadilla de hongos, que me catapultó hasta Aztlán, donde luché grandes batallas codo a codo con Huitzilopochtli, enfundado en mi traje de guerrero jaguar. Todo para cerrar con una pechuga de pollo rellena de cuitlacoche y queso, que me hizo hablar de manera fluida el náhuatl y sostener grandes cavilaciones místicas con Quetzalcoatl, acerca del destino de los hijos del quinto sol.
Después de este magnánimo festín, digno del señor que soy, regresé de nueva cuenta a esta tierra montañosa, donde tengo mi morada, al lado de mi Malinche personal y su Cancerbero tamaño miniatura.
Después para volver a mi sufrimiento, la innombrable compañía de Telcel, cortó sin “agua va”, mi servicio de teléfono celular; sin el cual yo no soy más que un hombre como cualquiera.
Rápidamente, tomé el teléfono y llame al servicio de atención a clientes, que es algo así como el Seguro Social, para reclamar por el corte de mi servicio, a pesar de mi puntual pago. Me contestó un amable masiosare, con el que tuve la siguiente conversación:
Quiero saber porqué me han cortado mi servicio de teléfono, si yo ya les pagué este mes como todos los meses que he estado con ustedes. Correcto señor… ¿me da sus datos por favor? - Se los doy- Un momento por favor- Música de fondo que casi me hace devolver el cuitlacoche- Ya estoy de regreso señor, lo que pasa es que usted no pagó la totalidad de su servicio. ¿Cómo que no pagué la totalidad de mi servicio cerdo imperialista esclavo de una gran corporación? –Eso no se lo dije, pero sí lo pensé- Si señor… usted pagó “X” cantidad por su servicio. Pagué la cantidad que ustedes me dijeron, cuando les tuve que llamar para preguntar cuanto les debía, porque ni siquiera tuvieron la delicadeza de mandarme mi recibo. Sí señor… tenemos registrada su llamada, pero usted pagó la cantidad mencionada faltándole treinta y seis centavos del total. ¿Estás jugando verdad? No señor… si usted no paga la cantidad total, nuestro sistema automáticamente tiene la instrucción de cortar su servicio. ¿Y entonces que tengo que hacer ahora? Bueno señor… pues debe hacer el pago de los treinta y seis centavos de adeudo. Mira hijo, tengo una idea, ¿Qué te parece si tu me cargas la fabulosa cantidad de treinta y seis centavos, a mi estado de cuenta del próximo mes, yo te lo pago todo junto, me reactivas mi servicio ahora y tan amigos como siempre? No se puede señor. ¿Cómo que no se puede? Es imposible señor. Mira yo me doy cuenta por tu voz que además de guapo, eres sumamente inteligente… ¿Por qué no haces lo posible por ayudarme y seguro te las arreglarás? Haré lo que pueda señor ¿me espera en la línea? Te espero aquí sentadito- música vomitiva- Señor… tengo el placer de anunciarle que después de profundas tribulaciones, he conseguido reactivarle su línea. ¡Eres tremendo muchacho! ¿Algo más en lo que le pueda ayudar? Ya me has ayudado bastante; prometo solemnemente, pagar los treinta y seis centavos pendientes el próximo mes sin falta; si así no lo hiciere, que Telcel me lo demande. – Se rió el tipo de mi cierre presidencial y colgamos.
Gracias a esta intervención divina de Quetzalcoatl… ya tengo servicio de teléfono otra vez. Si tienen mi número… llámenme. Si no… con que comenten en esta entrada, me doy por bien servido.
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